• martes 23 octubre 2018

    17-09-2018

    DE LA PRENSA | 2008 - Lo que los bancarios no podemos ignorar/Un 15 de septiembre.... por Marcelo Cantelmi



    Reproducimos dos artículos sobre la crisis financiera que, iniciada en 2007, detonó en 2008. Aún estamos viviendo sus consecuencias.

    Un 15 de setiembre de hace diez años, cuando comenzó el siglo

    La crisis global que disparó la quiebra del banco Lehman Brothers ha modificado la geopolítica mundial y continúa haciéndolo. Los liderazgos actuales, aún los peores, provienen de ese derrumbe.

    Por Marcelo Cantelmi

    El siglo que transitamos comenzó hace diez años, bastante después de lo que, con rigor, indica el almanaque. El parto se produjo el 15 de setiembre de 2008, con el estallido de la gran crisis económica y financiera que modeló el mundo entonces y continúa haciéndolo hoy. Esa característica transformadora es la que le otorga a esta fecha su carácter constitutivo de una nueva centuria. Como ha sucedido con otras etapas de la historia. Eric Hobsbawm definía siglos largos o siglos cortos, una referencia que no sólo recorrió este enorme pensador. El primero, el largo, lo ubicaba entre el hito de la Revolución Francesa en 1789 y hasta la Primera Guerra Mundial en 1914. Y el segundo, el corto, desde ese conflicto bélico que rediseñó la geopolítica global hasta el fin del campo comunista en 1989-90 que acabó con la rivalidad este-oeste y extinguió a la Unión Soviética.

    Cuando el Banco Lehman Brothers, con una trayectoria de 168 años quedó librado a su suerte aquel 15 de setiembre sin ninguna rienda para salvarlo de la bancarrota, se advirtió la amplitud del desastre que muchos de sus pilotos consideraban encapsulado y bajo control. Esa historia negra fue el colofón de un modelo de “creatividad financiera” que venía desde las épocas de Richard Nixon cuando abandonó el patrón oro, pero que estimuló de modo febril el gobierno de George W. Bush.

    Esta bomba se trató de enormes colocaciones de dinero en productos bursátiles respaldados por hipotecas “basuras”, las subprime, concedidas a compradores sin solvencia o abiertamente indigentes. Esos papeles tóxicos tenían, sin embargo, la máxima puntuación de las calificadoras de riesgo, y eran jugados en las Bolsas atados a un seguro que acabó siendo parte de la tragedia. Cuando Lehman se desintegró porque no había cómo sostener el castillo de naipes, la crisis arrasó con Wall Street y se expandió por el mundo.

    Se generalizó entonces el análisis sobre el significado del episodio para la evolución del capitalismo. Y se exageró en muchos niveles. Lo cierto es que el desastre dejó ganadores. A partir de aquella crisis se consolidó uno de los esquemas de concentración de la riqueza más empinados de la historia. En EE.UU. el 1% más rico concentraba hace apenas dos años 20% de la riqueza. Mientras, el 50% más pobre retenía solo 13%. El mismo escenario dibuja Europa. Ocho individuos acumulan la misma riqueza que otros 3600 millones.

    Los efectos de aquel episodio fueron múltiples también en el plano político. La transferencia de las inversiones hipotecarias a commodities provocó un alza inusitada de los granos alimenticios. Fue el detonante de fenómenos como el de la Primavera Árabe iniciada en diciembre de 2010 que volteó gran parte de las dictaduras del norte de África aunque sin los resultados de libertad que se imaginaron en los albores de ese proceso. El peor capítulo de esa saga ha sido la sangrienta guerra que continúa hasta hoy en Siria. ¿Es posible suponer que sin aquel fenómeno no hubiera existido este otro? ¿O que la banda terrorista ISIS, que creció en el territorio de ese país amparada por millonarios y autócratas árabes para enfrentar a Irán, patrocinador de Siria, no hubiera alcanzado semejante peligrosidad? ¿O el auge del terrorismo en Europa?

    La crisis hizo viable la victoria de Barack Obama en 2008 con su esperanzador “yes we can” frente al desastre que acongojaba al país. Pero esa catástrofe social que se desparramó por EE.UU. apartando a multitudes del reparto, fue también el cimiento de la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca y la imposición de un mundo de batallas comerciales feudales que diluyen los límites del Estado Nación. Como señaló el Nobel de Economía Joseph Stiglitz “era previsible que las víctimas de semejante desastre recurrieran a un demagogo. Lo impredecible era que EE.UU. conseguiría uno tan malo como Trump, un misógino racista decidido a destruir el Estado de Derecho dentro y fuera del país”.

    Estos efectos políticos fueron similares alrededor del globo. Una fuerte corriente de liderazgos populistas xenófobos y ultranacionalistas creció en Europa, alimentada por enormes masas de ciudadanos frustrados con sus políticos y por la forma en que funcionaban las cosas. Solo notar que el crecimiento del salario real mundial registró una drástica caída en el período posterior al 2008, y aunque se recuperó en 2010, desde entonces volvió a desacelerarse, señala la Organización Internacional del Trabajo. El Brexit es una de las consecuencias más resonantes de esas mismas contradicciones.

    Todo lo que vino fue peor que lo que había. En EE.UU., como en España o Grecia o Portugal, 58% de los nuevos empleos, tras la recesión que produjo la crisis, fueron en ocupaciones de bajos salarios con menos de 14 dólares la hora y menos beneficios laborales. El lugar histórico de China, a la zaga de EE.UU., se adelantó. El Imperio del Centro perdió sus tasas de crecimiento de dos dígitos por la caída de la economía global, pero pasó a ser la primera potencia comercial y su PBI casi emparda ya el norteamericano.

    Otro efecto de la crisis en el norte mundial fue que disparó un sistema de contención de los Estados a través de sus Bancos Centrales como cortafuegos. La fórmula implicó una baja de las tasas de interés, lo que provocó la duplicación de la colocación de deuda en el espacio emergente. El salto fue extraordinario, pasó de 97 billones de dólares en 2007 a 168 billones el año pasado. Una cifra que trepa a 237 billones si se incluye en el total las obligaciones tomadas también en el norte. EE.UU. es un caso particular de estos desvíos. El déficit que acumulaba de 161 mil millones una década atrás, se alza hoy a 804 mil millones. La deuda pública norteamericana equivale al 105% de su producto, pero era la mitad hace 10 años. En Europa, dice un informe de Bloomberg, la situación no es diferente, con un alza del 20% de su deuda. Con casos como el Italia, del sufrido “eurosur” cuyas obligaciones desbordan el 130% de su producto.

    ¿Se superó la crisis? Los datos de quienes sostienen ese punto ejemplifican con EE.UU., que exhibe el menor desempleo en 18 años y un crecimiento parejo y fuerte. Pero el desafío es la sustentabilidad. El gasto público crece a razón de US$ 150 mil millones por año y eso se combina con la histórica baja de impuestos que impulsó Trump en beneficio primordial de las empresas. El resultado es un déficit creciente y las dudas sobre cómo será financiado. Al mismo tiempo, la mejora de la economía y el consumo lleva a la FED a alzar las tasas de interés provocando la fuga aluvional de dólares del espacio emergente, lo que complica o bloquea el pago de sus deudas. La crisis actual de las monedas en ese manojo de países, desde Argentina a Turquía, Rusia y Brasil, se alimenta también de esos desequilibrios.

    En verdad, lo que arrancó hace una década no se ha superado y hay cuestiones que ya no serán revertidas. La incógnita es si ese desastre anticipa otros que pueden sobrevenir quizá con mayor fuerza. “La banca internacional está insuficientemente capitalizada y excesivamente endeudada”, dice John Kay en El dinero de los demás citado en un estupendo trabajo de El País de Madrid sobre este acontecimiento. En la misma línea el ex presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet alerta: “El sistema financiero mundial se encuentra tan vulnerable sino más que en 2008” debido al endeudamiento que señalamos, en particular por el lado de los emergentes.

    Hay otras semejanzas que agregan una mayor incertidumbre. Se recuerda que luego de la Gran Depresión de 1929 se multiplicó el extremismo en Europa. Ese ciclo de intolerancia marcó la década siguiente que culminó en la Segunda Guerra Mundial, el acontecimiento que Hobsbawm inscribe en el siglo corto pasado, cuya intensidad desborda el sentido del almanaque o el tamaño de esos años. La historia no repara en esos detalles.

    Publicado en Clarín/14-09-2018

    Crisis económica internacional 2008. Causas y consecuencias de la debacle financiera global

    A diez años de la caída de Lehman Brothers

    La debacle representada por la caída de Lehman Brothers trasciende el modelo neoliberal para señalar las mismas inconsistencias del sistema capitalista. Expresa un riesgo tanto ecológico como económico que se plantea como una crisis civilizatoria.

    Por Genís Plana

    Hace diez años Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, se declaró en quiebra. Si bien este hecho supuso un síntoma y no una causa de la crisis financiera que se venía gestando como consecuencia de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos, la bancarrota de Lehman Brothers resulta igualmente significativa en tanto que ilustró los desmanes surgidos por la falta de regulación de las operaciones financieras.

    Pese a que buena parte de las entidades financieras que se vieron arrastradas al colapso fueron rescatadas mediante una inyección de fondos públicos sin parangón, los efectos de la crisis económica desatada parecen vigentes a nivel sistémico. Ante lo cual sigue siendo pertinente cuestionar aquellos aspectos relativos a las manifestaciones, interpretaciones y perspectivas de una crisis de alcance internacional que, aunque pudiera parecer más o menos amortiguada, sigue estando presente.

    Manifestaciones

    Las crisis económicas son entendidas como un periodo de recesión en el que se produce una disminución de la actividad económica a una escala determinada, sea regional, estatal o global. La crisis de 2008, si bien tuvo un alcance planetario, fue especialmente notoria en aquellos países posindustriales altamente interdependientes de las redes financieras que operan a nivel internacional donde sitúan los principales centros bursátiles del mundo.

    Se debe considerar que existen diversas manifestaciones de la crisis, por bien que, desde un punto de vista analítico, se podría clasificar sus expresiones en dos tipologías distintas: una de índole económica y otra de cariz social. Amparados en la objetividad de los números, los datos macroeconómicos permiten afirmar que el crecimiento económico mundial no ha logrado alcanzar los registros previos a 2008.

    A partir de la experiencia reciente, ¿de qué se habla cuando se habla de crisis? De todas aquellas manifestaciones relativas a su expresión económica, uno de los síntomas más notorios de las crisis es el estancamiento o descenso del Producto Interno Bruto de los países afectados como consecuencia de la disminución de la actividad económica. Asimismo, resulta propio de las crisis un descenso, cuando no desplome, de la cotización bursátil y la quiebra de ciertas entidades financieras. Pero especialmente son las pequeñas y medianas empresas las que padecen la caída de beneficios. Se desacelera la producción y, en ocasiones, el descenso de la demanda comporta el cierre de unidades productivas. Ello conlleva que el capital previamente destinado a la inversión productiva tienda a desplazarse a la especulación financiera. A su vez, la caída del consumo y la producción, relacionados entre sí ambos factores, genera un desplome de los ingresos tributarios de la administración pública. Los organismos estatales tienden a entrar en déficit y, para seguir haciendo frente a los gastos públicos, se produce un ascenso de la deuda soberana.

    Desde una óptica social las manifestaciones de la crisis pasan por el aumento del desempleo. A causa del aumento de la fuerza de trabajo excedentaria se explica en buena medida la congelación o disminución de los salarios reales. Se comprende así que en las áreas afectadas por la crisis se produce un crecimiento de la economía informal. Debido a la incapacidad por hacer frente a las hipotecas contraídas durante los años de crédito fácil, en tiempos de crisis se produce un considerable aumento de los embargos inmobiliarios y de los desalojos. A su vez, el déficit fiscal resulta en muchas ocasiones un pretexto de los gobiernos neoliberales para llevar a cabo una contención del gasto público que comporta recortes en los servicios sociales. Se produce, por consiguiente, un descrédito de la clase política y, concomitante a ello, una crítica social hacia las instituciones. Pero ante todo, aumenta la pobreza, el agrandamiento de las brechas sociales y, como corolario de ello, el aumento de la tensión y la conflictividad social.

    Interpretaciones

    Si de ofrecer interpretaciones acerca de la naturaleza y las causas de la crisis se trata, se puede clasificarlas en tres tipologías distintas: 1. fundamento psicológico; 2. fenómeno cíclico; y 3. estructural y sistémica.

    1. El primer diagnóstico que podría hacerse de la crisis llevaría a pensar que su naturaleza se debe a factores de carácter ético, a la mala gestión que han hecho del sistema financiero los corredores de bolsa, los banqueros, los políticos, y los empleados de las agencias de calificación de riesgos y organismos supervisores. Según este parecer, previamente al crac de 2008 se dieron las condiciones favorables para que la codicia por el lucro comportase una gestión equivocada en la dirección de aquellas organizaciones implicadas en la crisis financiera. Pero si se quiere comprender sus verdaderas causas hay que retrotraerse al origen de la misma a partir de la concesión de hipotecas de alto riesgo por doquier.

    En Estados Unidos los préstamos hipotecarios avivaron, a partir del inicio del nuevo mileno, una burbuja que, a su vez, generó una inmobiliaria: la baja de las tasas de interés alentó la demanda y, ante ello, los precios de las viviendas aumentaron considerablemente, lo cual suscitó que el mercado inmobiliario también fuese presa de la especulación. En cualquier caso, el principal riesgo radicaba en la concesión de unas hipotecas subprime a clientes con alta dificultad para hacer frente a las deudas contraídas por la adquisición de sus viviendas.

    Se evidenciaría la dimensión psicológica de la crisis al advertir la imprudencia que cometieron aquellos banqueros que concedieron hipotecas difícilmente cancelables. Una inmoralidad agravada si se considera que estas hipotecas de alto riesgo fueron calificadas como activos financieros buenos o excelentes por parte de las agencias calificadoras de riesgo. Lo que ocurrió bajo el beneplácito de unas autoridades que habían desregulado el sistema, favoreciendo prácticas especulativas que ponían en riesgo la seguridad habitacional de centenares de miles de personas.

    La difusión del crédito subprime a inversores, principalmente, del continente europeo no hizo más que propagar la crisis, al tiempo que los responsables de la misma cobraban multimillonarios despidos por su incompetente y/o fraudulento cometido al mando de organismos que actuaron de manera nociva al vender activos tóxicos de manera encubierta, o permitir que ello se hiciera. Asimismo, el exceso de egoísmo que contempla esta interpretación psicológica incluiría a unas autoridades públicas que han facultado la impunidad de los responsables de la crisis.

    A razón de este diagnóstico, la prescripción que debiera realizarse apunta a la necesidad de reglamentar en mayor medida el mercado de derivados con el fin de minimizar la codicia de los operadores financieros. Otra operación ineludible para poner coto a tales desmanes sería acabar con las “puertas giratorias” que favorecen que la labor de los cargos públicos, ante la posibilidad de desempeñarse laboralmente en el sector privado al concluir su mandato, se encuentre supeditada a los intereses empresariales. Esta interpretación podría considerarse sumamente superficial por cuanto que las acciones criticables de los individuos, que por otro lado parecen constituir más la norma que la excepción, desvían la atención de los fundamentos estructurales sobre los cuales se desarrolla la crisis.

    2. La segunda de las interpretaciones se apoyaría en una concepción cíclica de la economía mundial: las crisis constituirían un fenómeno consustancial al capitalismo en tanto que serían inherentes al mismo. Según este enfoque, el comportamiento dinámico de la economía conlleva que las fases de recesión suceden las fases de ascenso económico. Tal sería el parecer de organismos de crédito multilateral, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Estas instituciones estiman que, pese a que las crisis son en cierta medida inevitables, es posible minimizarlas mediante reformas estructurales en la economía, como la apertura de los mercados o las privatizaciones.

    Desde un compromiso político radicalmente distinto también se puede entender el fenómeno cíclico de la económica como resultado de periodos oscilantes de auge y crisis. En este sentido es que, a la manera en que lo afirma Manuel Monereo, las crisis siempre deben entenderse en clave de “movimiento, reestructuración, cambio y excepción que se convierte en regla”. Autores como Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi sostienen, desde una perspectiva crítica, que los ciclos económicos se relacionan con los ciclos hegemónicos, de manera que la crisis iniciada en 2008 daría muestras del agotamiento de la supremacía que Estados Unidos ha venido ejerciendo desde la última fase de ascenso económico iniciada con el orden mundial surgido tras la Conferencia de Yalta.

    Aunque comporte un considerable deterioro de la vida humana y una importante degradación ambiental, David Harvey piensa que el capitalismo puede “sobrevivir” a la presente crisis económica. De igual manera, Claudio Katz considera que “una crisis final resulta imprevisible” por cuanto que el advenimiento de un nuevo sistema económico dependerá antes de la acción político–social que de las limitaciones que le son propias al actual sistema de acumulación de capital. De manera que, para estos autores, actualmente existe una transición larga que anunciaría una reconfiguración del capitalismo pero no necesariamente su colapso. Por el contrario, Wallerstein asegura que el sistema económico capitalista, en su huida hacia adelante, acaba por no encontrar forma de resolver sus contradicciones internas. De modo que, para este autor, se está ante un dilatado periodo de crisis terminal en que se abren las posibilidades para el surgimiento de un nuevo orden mundial. Este pronóstico considera que la actual fase declinante de la economía mundial es más profunda que una crisis convencional en la medida que no se trata únicamente de una crisis económica, más concretamente financiera, ni de hegemonía mundial, pues igualmente posee una repercusión alimentaria y energética que afecta al ámbito humano y ecológico del planeta.

    3. La tercera de las interpretaciones de la crisis consideraría que su naturaleza se encuentra en un sistema monetario que, sustentándose en la creación de dinero sin previo proceso productivo, origina burbujas especulativas. Según Wim Dierckxsens, a partir de los años setenta el capitalismo inició una fase caracterizada por una masiva entrada de capitales al sector financiero especulativo como consecuencia de la caída de la tasa de ganancia derivada del agotamiento de los mercados. El estallido de la burbuja de 2008 tuvo que ser resuelto mediante la inyección de dinero por parte de las bancas centrales, que rescataron el sistema financiero al hacerse cargo de las pérdidas de la banca privada. De este modo, a través de una ingente transferencia de las rentas del trabajo a las rentas del capital, la operación se saldaría con la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas. Semejante escenario hizo elevar la deuda externa de los países (principalmente del gobierno estadounidense, epicentro de la crisis mundial) hasta niveles sin precedentes.

    Jorge Orbe recuerda que este sobreendeudamiento propiciado por el rescate de “las entidades financieras más grandes del mundo y a los negocios transnacionales asociados a ellas” únicamente fue aligerado por la masiva emisión de dólares por parte de la Reserva Federal. Se trató de una acción que generaría una fuerte inflación interna de no ser porque sigue existiendo una demanda extrajera del dólar como divisa mayormente usada en las transacciones internacionales. De esta manera, Estados Unidos exporta el efecto inflacionario de la moneda y logra que ésta no deprecie su valor.

    A fin de devaluar la moneda y hacer más competitivas sus economías, la emisión inorgánica de dinero (esto es, sin un respaldo adecuado) por parte de varios países genera una guerra de divisas llamada a configurar un nuevo paradigma en el orden mundial.

    Perspectivas

    Si se evalúa de manera estructural, la crisis surgida hace una década está llamada a reconfigurar de manera integral las relaciones de poder sobre las que se asienta el sistema internacional. No sería descabellado, por consiguiente, sugerir un horizonte bélico a medio plazo en el que Estados Unidos trate de mantener la supremacía del dólar haciendo valer la superioridad militar que el país sigue manteniendo con respecto a sus perseguidores.

    Por otra parte, si se observa la crisis desde una vertiente humana y ecológica, convendría decir que sus perspectivas no son nada alentadoras. Una de las previsibles consecuencias de la crisis es el incremento de las desigualdades socioeconómicas que se producen, no tanto a escala planetaria, como sí, especialmente, en el interior de los países. Dierckxsens dice que hoy “el 20 por ciento de la población mundial, concentrada en el Norte, consume el 80 por ciento de los recursos naturales”, lo cual compromete, no ya sólo un principio básico de equidad entre los miembros de la humanidad, sino también la sostenibilidad del medio natural en el cual habita la humanidad.

    Por ende, una salida benigna de las crisis pasa por modificar los patrones de producción, distribución y consumo. De no ser el caso, se abre paso a una pugna por las reservas de combustibles fósiles y otros recursos naturales sumamente imprescindibles para la vida, como es el caso del agua o de las tierras cultivables, al mismo tiempo que se prevé una fuerte suba de los precios de los alimentos debido al uso de los biocombustibles. No será sino desde nuevas formas de gestionar los recursos del planeta a través de la socialización de los mismos, en la que prime el valor de uso por encima del valor de cambio, que será posible controlar y reparar el deterioro medioambiental al que hoy se ve abocado el planeta. De este modo, “la profundización de la crisis actual es una oportunidad de desconectarse de las políticas neoliberales para así poder (re)conectarse con las necesidades y demandas populares” (Dierckxsens).

    La crisis representada por la caída de Lehman Brothers parece trascender el modelo neoliberal para señalar las mismas inconsistencias del sistema capitalista. Ello se debe a que la reproducción ampliada de capital ha generado una crisis tanto ecológica como económica que plantea como plausible una crisis civilizatoria que se revela, no ya coyuntural, sino más bien estructural.

    El modelo improductivo y especulativo al que ha evolucionado la actual fase neoliberal del capitalismo dificulta notablemente la continuidad de las instituciones internacionales surgidas del orden mundial de posguerra: los acuerdos de Bretton Woods se desvanecen en una época en la que el sistema de gobernanza internacional también se encuentra en descomposición.

    Publicado en Página 12/Cash/16-09-2018