• domingo 24 febrero 2019

    13-01-2019

    DE LA PRENSA/ Las crisis no son gemelas por Ricardo Aronskind



    Nada más sencillo que hablar sobre la crisis económica. Hay copiosas informaciones cotidianas sobre lo mal que funciona la Argentina productiva y social. Es casi un tópico de la conversación diaria. Mucho más complejo, y con menores consensos, es hablar sobre la crisis política.

    En realidad no existe consenso sobre la propia existencia de una crisis política. Por supuesto que todas las fuerzas partidarias están sometidas a una poderosa tensión, dada la entrada en un año intensamente electoral en el que están en juego cuestiones personales, territoriales, nacionales e internacionales muy importantes.

    Pero para los verdaderamente opositores, sí hay una crisis política.

    Sienten la necesidad de desplazar políticamente al macrismo del Estado nacional, arrebatarle los instrumentos para ejecutar otras políticas públicas, modificar el cuadro económico social con premura y frenar el daño enorme que se está produciendo.

    Después de reuniones, declaraciones, documentos, análisis y propuestas múltiples, la respuesta opositora clara y contundente no aparece.

    Cantidad y calidad

    Mientras unos hacen énfasis en que la principal misión opositora sería juntar la mayor cantidad de votos posibles para garantizar que en el presunto ballotage prevalezca el “no macrismo”, otros enfatizan los contenidos programáticos y la voluntad política necesaria para cambiar el cuadro de situación desde el futuro gobierno.

    Ingenieros electorales no faltan. Hay combinaciones para todos los gustos, independientemente de su verosimilitud política. La desesperación opositora lleva a ensoñaciones sobre frentes amplísimos, desde Urtubey y Massa, pasando por Alfonsín, hasta del Caño.

    En general prevalecen las perspectivas estáticas, que no consideran los cambios contextuales previsibles en los próximos meses. Por supuesto que incluir la dinámica política y económica no es un ejercicio sencillo, pero parece un error suponer que las condiciones político-sociales vigentes a comienzos del año van a permanecer estáticas de aquí hasta octubre.

    Mientras que en el oficialismo vuelven a prometer una mejora que provendría de una buena cosecha, de la indulgencia norteamericana vía FMI y de la infatigable codicia de los mercados financieros que los haría persistir en la apuesta cortoplacista por los bonos argentinos, en la oposición más nítida se espera un fortalecimiento de la protesta social impulsada por un continuo deterioro del nivel de vida de las mayorías. De todas formas, una lección importante de estos tres años de macrismo es que es equivocado reducir mecánicamente el comportamiento político de la población a la evolución de las variables económicas. La derecha gobernante se ha revelado como maestra en el estímulo de otros determinantes de la percepción política, y del posicionamiento de “la gente”.

    Entre los ingenieros electorales son especialmente conmovedores aquellos que, inundados por el voluntarismo y el misticismo, esperan que se una todo el peronismo para protagonizar otra página inolvidable de la historia nacional.

    La unidad del peronismo es irreparable. Ese gran espacio político está cruzado por numerosas divisiones, pero la que es absolutamente insalvable es la adhesión o no al modelo neoliberal. Ante la opinión pública, ese abismo se presenta disfrazado de cristinismo-anticristinismo, o más ridículamente aún como honestos versus corruptos, eludiendo un esclarecedor debate político de fondo que la derecha peronista prefiere omitir.

    El núcleo de la crisis política opositora

    En el peronismo existen contingentes importantes (gobernadores, intendentes, sindicalistas, gente común) que no adhieren al macrismo, porque no es su propio espacio, pero sí adhieren a los fundamentos básicos del actual modelo.

    Aceptan que los salarios deben ser menores, que hay que satisfacer las demandas de las grandes empresas porque “si no, no habrá inversión”. Entienden que hay que alinearse con los Estados Unidos, porque “no queda otra”. Están dispuestos a firmar un Gran Acuerdo de Resignación Nacional, aceptando el perfil exportador de materias primas, la desindustrialización, la desintegración social permanente y un mapa nacional construido en base a núcleos de alta rentabilidad apenas conectados por un estado mínimo pero fuerte en materia represiva.

    Como se ve, no hace falta Macri para hacer macrismo.

    ¿Qué significaría un gran peronismo unido electoralmente pero dividido en torno a estas cuestiones cruciales? ¿Para qué ganaría? ¿Qué capacidad de gestión tendría?

    Alguien dirá: para desplazar al macrismo. Con eso alcanzaría.

    No debe desdeñarse en el análisis político la apetencia por cargos nacionales, provinciales y municipales, más los organismos del Estado y los poderes institucionales. Son las grandes zanahorias de los aparatos políticos, que tienen su importancia. Pero una vez consignadas las necesidades de los aparatos, es necesario abordar las cuestiones públicas relevantes.

    La necesidad de alivio es urgente. El rápido empobrecimiento de amplias franjas de ingresos bajos y medios está dañando la vida de millones. Los niños y jóvenes  hoy hundidos en el máximo desamparo material y espiritual están siendo condenados a un futuro nefasto, en las antípodas de la igualdad de oportunidades. Desaparecen empresas y saberes productivos.

    La necesidad de frenar la tarea de destrucción de instituciones, equipos profesionales y capacidades científicas y tecnológicas acumuladas en el estado es perentoria. En materia de esclavización financiera, el daño ya está hecho.

    Pero la agregación desesperada de fracciones sin puntos de acuerdo relevantes no aporta un gramo a las definiciones cruciales de política económica, social e internacional que deberá afrontar la futura administración. La famosa propuesta de “una gran PASO” donde se dirima el liderazgo opositor entre fuerzas con visiones completamente encontradas del país no sería más que un autoengaño.

    Nadie votaría posteriormente a las PASO por alguien que encarna exactamente los valores que repudia. Los que están por la semicolonia no votarían por los que defienden un proyecto de nación soberana, y viceversa.

    Buscando desesperadamente la convergencia

    Uno de los paraísos perdidos que más aparecen en las fantasías de unidad es emular las políticas del primer kirchnerismo, el de Néstor. Las tareas imprescindibles serían la reactivación de la producción y el consumo, el logro de un superávit comercial, la reducción de la carestía de bienes y servicios básicos, la creación acelerada de puestos de trabajo y el logro de la reconstrucción de las reservas del BCRA, además de neutralizar los criterios ajustadores del FMI en la toma de decisiones públicas.

    Para algunos, ese período no debería llamarse Néstor, sino Lavagna. Consideran que la foto de esa gestión económica debió haber quedado así, estática, para siempre (incluyendo los bajos salarios y el estado raquítico). Lavagna sería el momento de oro entre las políticas duhaldistas de salida calamitosa del ficticio mundo de la convertibilidad y la recuperación económica de Néstor antes de que “se volviera loco” y se autonomizara de los poderes fácticos, acentuara el distribucionismo y ampliara las ambiciones estatales.

    No está de más recordarles a los del partido “Néstor II” que la historia no se repite. Ha cambiado el cuadro internacional y local.

    En lo internacional, porque la perspectiva económica no es en absoluto expansiva; hay poderosos focos de conflictividad y crisis y las commodities no tienen perspectivas de subir significativamente de precio en el corto plazo. Además Estados Unidos está sometiendo a toda la región a una presión política formidable para erradicar las voluntades autonomistas y soberanas, apoyando incluso experiencias aberrantes desde el punto de vista democrático como la de Jair Bolsonaro en el estratégico Brasil.

    Por otra parte, la gestión de Cambiemos ha batido récords de velocidad de endeudamiento, atando al país nuevamente a la noria de las finanzas internacionales e institucionalmente al FMI. Es imposible repetir el pago fulminante de 2005 que rompió la alianza entre la patria financiera local y la global. Los vencimientos posteriores a 2019 se presentan como impagables, y sólo un milagro exportador —Vaca Muerta no alcanza—, podría aplazar la imprescindible reestructuración.

    En lo local, lo más relevante es que el clima social es muy diferente al de 2002-2003… al menos por ahora.

    Recordemos que el estado de conmoción social provocado por el derrumbe de la convertibilidad afectó a buena parte de la sociedad, y el desastre evidente e indisimulable abrió espacios para políticas públicas heterodoxas, literalmente descartadas y vedadas durante toda la década previa. La condición de posibilidad para esa impensada libertad heterodoxa fue el estado de movilización de buena parte de la sociedad. No todos luchando por lo mismo, desde ya.

    No puede concebirse al kirchnerismo, ni a la construcción de poder político de Néstor, sin el telón de fondo del estruendoso fracaso neoliberal previo y sin que Estados Unidos focalizara su política exterior en Medio Oriente —en una enorme jugada destinada a reconfigurar a su favor toda esa región— mientras descuidaba su patrullaje en el patio trasero sudamericano.

    Lo que estamos diciendo es que aunque el macrismo sea una calamidad económica, ese hecho no se traduce necesariamente en mayores grados de libertad para la próxima administración, porque la estructura de poder que lo sustenta no ha sufrido la desorganización que sí ocurrió en 2001/2002.

    ¿Qué pasa en el 75% del poder?

    No se podría comprender el surgimiento del actual gobierno sin el concurso militante del poder económico local. Hemos señalado que el amontonamiento de demandas empresariales –llamado figurativamente “programa económico de Cambiemos”— sin ningún tipo esfuerzo de compatibilización ni macroeconómica ni social, ha llevado al actual estado de situación.

    Se puede decir que la responsabilidad política del alto empresariado en la debacle actual de la economía y en el mega-endeudamiento argentino es directa. Su gobierno ha creado una situación económica inviable, que sólo genera elevada rentabilidad a sectores muy puntuales, sin capacidad alguna de resolver las cuestiones estructurales pendientes en el país, entre ellas su viabilidad externa.

    Macri ha sido leal a sus apoyos sociales al restituir una alta tasa de ganancia en diversos sectores a costa de la sociedad y el Estado, aun cuando eso sea macroeconómica y socialmente insostenible, como puede corroborarse diariamente sin ser un especialista.

    No se advierten aún muestras significativas de que el poder corporativo esté procesando esta experiencia lamentable y sacando alguna conclusión conducente. Sus habituales voceros mediáticos hasta ahora aluden asordinadamente al desastre presente, pero eluden toda autocrítica. No aparece otro gesto que aferrarse al poder estatal como sea, para después ver cómo se sigue. Persistir en el fracaso macroeconómico, defender las posiciones ganadas en materia de rentabilidad sectorial y esperar que la sociedad se acomode al nuevo escenario de empobrecimiento.

    La crisis económica es resoluble

    Para restituir algún grado de equilibrio que viabilice nuevamente la economía argentina, estos sectores empresariales, empoderados por la gestión Cambiemos, deberían admitir cierto grado de recorte de su rentabilidad y de las “libertades conquistadas” durante este gobierno, como por ejemplo la libertad para fugar capitales, manejar las cuentas externas del país, degradar las conquistas sociales o hacer negocios sin ningún tipo de traba social, legal o ecológica. Deberían renunciar a la idea de que la Argentina es su negocio particular.

    Por otra parte, en el último año han surgido una enorme variedad de propuestas de distintos espacios académicos, gremiales y sociales, con una amplia gama de opciones para reconducir la economía argentina hacia el progreso. No es un tema de falta de ideas.

    Se trata de la inexistencia, aún, de un actor político colectivo que sepa movilizar voluntades y deseos detrás de un programa de reconstrucción, y que pueda implementarlo una vez asumido el poder formal. Ese actor no ha aparecido no porque un seleccionado de personalidades no se haya puesto de acuerdo, sino porque aún carece del respaldo social imprescindible para la decisión política de quebrar el modelo neoliberal y asumir un rumbo alternativo. No tiene sentido apelar a ninguna metafísica de la historia, ni a ninguna esencia de lo popular. Los sectores dominantes han demostrado una insólita incompetencia económica pero conservan habilidosamente apelación política sobre parte de los sectores sociales subordinados.

    Todo es endeble, y toda ingeniería política puede resultar papel mojado en los próximos tiempos. La gravedad de la situación, inesperadamente, le ha restituido la palabra a las grandes mayorías populares.

    Ellas decidirán.

    Publicado en Cohete a la luna/13 de enero de 2019